La madurez es una afirmación sobre repetibilidad, no sobre herramientas. Una organización donde el informe mensual sale bien porque un analista concreto sabe qué tres columnas ignorar es inmadura por mucho presupuesto tecnológico que tenga. Una donde el mismo informe lo produce correctamente quien esté de turno, con las excepciones documentadas, es madura. La diferencia está en si el conocimiento vive en las personas o en el proceso.
En la práctica. La madurez merece evaluarse por capacidad, no como un número único. Puedes ser genuinamente fuerte en metadatos y débil en calidad, y la media de las dos no te dice nada accionable. Evalúa las capacidades, elige las dos que bloquean el resultado de negocio más cercano y deja el resto.
Dónde se rompe. La madurez se convierte en el objetivo. A nadie le han dado presupuesto por pasar de 2,1 a 2,6; se lo dan por cerrar un hallazgo regulatorio o desbloquear un lanzamiento, y la madurez mejora como subproducto. Presenta la evaluación como diagnóstico, nunca como objetivo.