Un glosario de negocio responde a "qué significa esta palabra aquí". No en general, ni en el sector: aquí, en esta empresa, a efectos de reporting. Cada entrada tiene una definición, un dueño que la aprobó, el cálculo si es una métrica y, en el mejor caso, los sistemas e informes donde está implementada. El glosario es donde un programa de gobierno se vuelve visible por primera vez para quien está fuera de él, lo que hace que su calidad importe de forma desproporcionada.

En la práctica. Un glosario se gana su existencia la primera vez que zanja una discusión. Empieza por los veinte términos que aparecen en el reporting de dirección y que se sabe que están en disputa —churn, cliente activo, ingresos, plantilla, entrega a tiempo— y lleva cada uno a una única definición aprobada.

Dónde se rompe. El glosario se construye como ejercicio de exhaustividad, en una herramienta que nadie tiene en su flujo de trabajo diario, así que las definiciones se escriben una vez y nunca se consultan. Un glosario al que no se llega desde donde la gente trabaja —la herramienta de BI, el buscador de la intranet, el catálogo— es un documento, no un control.