Los datos maestros son los que aparecen en todos los sistemas: el cliente que existe en el CRM, en facturación, en soporte y en el almacén, en cuatro versiones ligeramente distintas. El MDM es la práctica de resolverlas en un único registro con un identificador conocido, y de decidir qué sistema puede modificar qué atributo. Es trabajo técnico con un requisito previo de gobierno, porque las reglas de coincidencia y de supervivencia son decisiones de negocio disfrazadas de configuración.

En la práctica. Los proyectos de MDM funcionan cuando parten de un dolor concreto —clientes duplicados que inflan la tasa de churn, un proveedor pagado dos veces— y cubren una sola entidad. Fracasan cuando parten de la ambición de una vista única de cliente para toda la empresa.

Dónde se rompe. El umbral de coincidencia lo fija el equipo de implantación. Alguien tiene que decidir si fusionar dos registros con un 92 % de similitud es aceptable, y la consecuencia de una fusión errónea es un cliente viendo los datos de otro cliente. Esa es una decisión del dueño, y delegarla en una pantalla de configuración es como el MDM se convierte en un incidente de privacidad.